15 mar 2006

La nueva novela costarricense

Adriano Corrales Arias

Los orígenes

La narrativa costarricense es relativamente “nueva”. No pasa de los cien años. A finales del siglo XIX y principios del XX, por las características propias de una sociedad relativamente aislada y pobre, solamente dinamizada por el auge del café y la producción agrícola, la literatura nacional se originaba con una mezcla de periodismo, costumbrismo, critica, crónica e historiografía. Es esta una época de constitución de la identidad nacional manifiesta en una ambivalencia hacia lo extranjero: por un lado se le veía como un modelo atractivo, por otro se le percibía como una intrusión indeseable en la “familia” costarricense. Estas dos visiones de mundo van a marcar y caracterizar a nuestros primeros escritores, muchas veces reunidos en bandos alrededor de una extensa polémica sobre lo autóctono. El primer novelista, concebido como tal, va a ser Jenaro Cardona, cuyas novelas El Primo (1905) y La esfinge del sendero (1914) de ambiente citadino, oponen los valores tradicionales y patriarcales y los de las clases medias ante los nuevos ricos, así como un manifiesto anticlericalismo sobre todo en la segunda. Sin embargo en 1899 se había publicado El Problema, novela escrita por Máximo Soto Hall, guatemalteco residente en el país, la cual puede considerarse como la primera novela antiimperialista hispanoamericana. Esta temática dará otras obras como El árbol enfermo (1918) y La caída del águila (1920) de Carlos Gagini. No obstante lo anterior, muchos estudiosos ubican a la novela El Moto (1900) de Joaquín García Monge, como la primera novela costarricense por su fecha de publicación. Pero este texto, por sus características (personajes tipos, predominio de la descripción, cierta inmovilidad temporal, naturaleza como espacio pródigo e idílico) bien puede considerarse como una transición entre el cuadro de costumbres y la novela. Incluso podríamos decir que Hijas del campo, novela escrita antes de El Moto y también de García Monge, es una novela mejor ambientada, a pesar de sus fallas de composición, y puede considerársele el primer intento novelado de protesta social.

El Repertorio americano y la Generación de los 40

En todo caso es con los albores del siglo XX que nace la novela costarricense. En los años 20 y 30, y alrededor de ese monumental esfuerzo editorial que fue la revista Repertorio Americano (1919-1958), publicada y dirigida por Joaquín García Monge, aparecerán otros narradores entre los cuales destacan Carmen Lyra (seudónimo de María Isabel Carvajal) y Luis Dobles Segreda, quienes frecuentarán sobre todo el cuento, exceptuando la novela de Lyra En una silla de ruedas. No es sino a finales de los 30 e inicios de los cuarenta donde asistimos a una verdadera eclosión de la novela costarricense. Aparece, antecedida por nombres como Max Jiménez (artista integral pues además de narrador era pintor, escultor, grabador, poeta, ensayista, y hasta mecenas) con su novela El jaul (1937), y José Marín Cañas con las novelas El infierno verde (1935) y Pedro Arnàez (1938); la llamada Generación de los 40 , “presidida” por Carlos Luis Fallas con su poderosa Mamita Yunai, y en la cual “militaron” Fabián Dobles, Yolanda Oreamuno, Joaquín Gutiérrez, Adolfo Herrera García, entre otros. La temática social –exceptuando la introspección a partir del monologo interior y el análisis de la violencia doméstica de Yolanda Oreamuno en La ruta de su evasión (1949) – es el tema predominante al sentirse el mundo como ajeno, hostil, cruzado y determinado por el enfrentamiento entre las clases sociales. La obra se concibe como instrumento de cambio y la elaboración literaria, la complejidad formal o la expresión subjetiva, se pliegan a la sencillez narrativa y a la documentación de la vida cotidiana. Novelas como Juan Varela (1939) de Adolfo Herrera García, El sitio de las Abras (1950) de Fabián Dobles, o Puerto Limón (1950) de Joaquín Gutiérrez, además de la ya mencionada Mamita Yunai (1941) y Gentes y Gentecillas (1947) de Carlos Luis Fallas, son novelas que se inscriben en un neorrealismo militante con el afán de extender la critica social a amplios sectores, así como propiciar una nueva conciencia identitaria con la idea de un país nuevo que va surgiendo, tanto en el mundo narrado como en las luchas sociales de la época, las cuales, no en vano, marcarán el período posterior hasta finales de siglo, con la erección de un Estado Benefactor fortalecido por una avanzada legislación social y una institucionalidad ejemplar en América Latina. A la zaga de la aventura urbana y casi onírica, matizada por los conflictos sociales de los 70-80, hasta casi los 90 ( Luisa González, Carmen Naranjo, Alfonso Chase, Quince Duncan, José Leòn Sánchez, Gerardo Cèsar Hurtado, Hugo Rivas), aunque ya fuera del intento neorrealista por reflejar la realidad y más bien buscando interpretarla, llegamos a finales de un siglo, y un milenio, donde aparece una nueva hornada de narradores costarricenses.

Los contemporáneos

Entre estos nuevos narradores – quienes aparecen al lado de algunos que siguen publicando activamente como José León Sánchez, Carmen Naranjo o Alfonso Chase, para citar tres casos - están Rafael Ángel Herra, Virgilio “Polo” Mora Rodríguez, Rodrigo Soto, Carlos Cortés, Ana Cristina Rossi, Julieta Pinto, Fernando Durán Ayanegui, Tatiana Lobo. Pero no es sino ya entrados en los años noventa cuando, según mi criterio, vamos a encontrar a un grupo de jóvenes narradores que proponen una ruptura en la novela costarricense, ya no solo en su temática y en su enfoque, sino en cuanto a sus apuestas formales. Debo señalar acá, antes de citarlos, que obviamente antes de ellos se propusieron innovaciones formales y temáticas. Bástenos señalar la novela Manglar de Joaquín Gutiérrez Mangel publicada en 1947, donde se incorporan nuevos espacios al discurso nacional y donde se privilegia lo subjetivo aunado a un erotismo “extraño” hasta entonces en nuestra narrativa; o las novelas Memorias de un hombre palabra (1968) y Diario de una multitud (1974) de Carmen Naranjo, donde a partir de una temporalidad circular se percibe la ciudad como un espacio de crisis, de incomunicación, conformista y consumista acorde con las actitudes de la clase media.

La “nueva generación” de narradores (si así se le puede llamar, pues dentro de ella “conviven” escritores nacidos en los 30 como Tatiana Lobo, hasta jóvenes como Sergio Muñoz nacido en los 60), no solo insiste en los temas sociopolíticos, y por tanto psicológicos, sino que los lleva a dimensiones insospechadas donde la parodia, el humor y la fuerza lúdica, apoyada en un lenguaje “menos literario” y mas experimental, extraído fundamentalmente de la clase media y de los sectores populares, le aportan a la joven novela costarricense nuevos bríos y una renovación que augura un intenso porvenir. Por lo demás, se intenta con decoro “historiar” el devenir de este pequeño país desde la novela, para desentrañar, de alguna manera, la historia ocultada por la historia oficial. Tatiana Lobo, Anacristina Rossi, Fernando Contreras, Rodolfo Arias, Sergio Muñoz, Dorelia Barahona , Alexander Obando, y Mario Zaldìvar, son posiblemente los representantes más auténticos de esta nueva narrativa.

A manera de conclusiones

Como hemos visto, la novela contemporánea costarricense transita diversos caminos, múltiples visiones, espacios inéditos y variados códigos estéticos. La producción y edición novelística ha crecido y son ya bastantes los nuevos escritores que se han asumido como tales reivindicando la tarea de narrar y, por supuesto, haciendo valer el oficio.

Es lugar común escuchar a algunos escritores y críticos nacionales insistiendo en el argumento de que nuestra novelística es muy parroquial debido al lenguaje excesivamente “tico”, a la escogencia de los temas y a una ligera composición formal y conceptual. Es posible que algunos de nuestros jóvenes novelistas naveguen todavía con muchos de esos lastres, pero no hay duda de que la joven novela costarricense se abre camino cada vez con mayor audacia y rigor, tanto formal como conceptual. Lo anterior puede verificarse si subrayamos que muchos de los narradores aquí reseñados solamente han publicado una novela, caso de Sergio Muñoz y Alexander Obando; y otros de ellos han incursionado con su opera prima brillando con luz propia, caso de Mario Zaldìvar, Rodolfo Arias y Fernando Contreras.

En fin, la nueva novela costarricense está en un proceso renovador y tenaz en busca de expresar y comprender la complejidad y ambigüedad del mundo que nos ha tocado vivir, historiándolo novelescamente o deconstruyéndolo estéticamente, así como buscándose a sí misma, a sabiendas de que hay muchos sitios allende sus fronteras, a los cuales aún no llega. Yo soy de los que apuestan a que en un futuro muy cercano, estos jóvenes narradores estarán dando la campanada mucho más allá de Centroamérica.

Fragmento del texto original.

Bibliografía consultada
Rojas, Margarita y Flora Ovares. 100 años de literatura costarricense, San José: Ediciones FARBEN, 1995.
Molina, Iván y Steven Palmer. Historia de Costa Rica. Breve, actualizada y con ilustraciones, San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1997.